Vivir sin Dolor

 

 

 

Sanar la Mente Sanar el Cuerpo

Técnica Alexander

Terapia CraneoSacral

Liberación SomatoEmocional

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Episodio I

 

Tendida en la pista de baile de unas clases privadas en Buenos Aires, sentí que era el punto más bajo en mi práctica del tango.

 

Era el año 2008, solo llevaba cinco años bailando  y mi cuerpo ya no podía más. Un fuerte dolor de espalda me había conducido a un estado irreversible. Ya no podía caminar, mantenerme en pie, ni cargar nada con mis brazos. Tareas simples como lavar los platos se habían vuelto imposibles. Ni siquiera podía sentarme sin algún soporte en mi espalda. Me sentía como una anciana de 80 años, luchando con cada tarea de la vida, aunque tenía menos de la mitad de esa edad. Pero continué bailando, tomando lecciones, practicando yoga, pilates y sesiones semanales de fisioterapia y acupuntura, con la esperanza de que el dolor se fuera solo. Pero todo fue en vano. Tendida en ese piso me sentí devastada.

 

Mi amorosa profesora acomodó mi cuerpo en el piso, extendió mis brazos y posicionó mis rodillas hacia el cielo, permitiendo que mis pies quedaran firmemente plantados sobre el suelo. Yaciendo ahí sentí un alivio en mi dolorida espalda. Una semilla fue plantada en mi mente entonces. Aunque no sabía cuál.

 

 

 

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Episodio III

 

Rápido adelanto hacia el año 2009. Comencé mi entrenamiento de Técnica Alexander y paré de bailar por un tiempo. En parte debido a lo temprano que comenzaban las clases y en parte porque era mejor parar de hacer ciertas cosas durante esa etapa del entrenamiento.

 

¡Y detenerse hizo maravillas! Mi pobre cuerpo por fin tuvo la oportunidad de descansar. También tuvo la chance de tomar y digerir todo el aprendizaje y entrenamiento que estaba recibiendo. Finalmente le di un tiempo y espacio para sanar, con el fin de poder funcionar mejor.

 

Ese día fui a casa y tipeé “Técnica Alexander” en el buscador de Google. No sabía nada, tan solo el nombre, pero lo que mi profesora me hizo en el suelo me hizo querer indagar acerca de la técnica. A veces nuestro subconsciente es tan poderoso que va más allá de toda comprensión.

 

Encontré el término en Wikipedia y lo leí. Busque y encontré un profesor en Buenos Aires. Llamé y concerté una lección de inmediato. Estaba así de desesperada.

Mis primeras lecciones del método Alexander fueron una gran revelación e inspiración. Fueron con Roberto Cotarelo, quien ahora está allí arriba con los ángeles. Estas no solo me liberaron inmediatamente de mi dolor, sino que además abrieron un espacio interno que yo ni siquiera sabía que existía. Me dio paz y un tremendo entendimiento de la espiritualidad. Decidí entrenar de inmediato.

 

Episodio II

 

Rápido retroceso hacia 1998. Como a muchos bailarines de tango, fue la película de Sally Porter “Tango” la que encendió la pasión de mi vida. Pero tuve que esperar 5 años o más para empezar a bailar decentemente, ya que habían muy pocos profesores y clases para apuntarse en Londres a fines de los años noventa. De todas maneras, en el momento que comencé quedé enganchada. Bailar se convirtió en una obsesión. Clases, milongas, más clases, más milongas. Estaba tan arriba bailando que a veces sentía que podría simplemente despegar y volar.

 

Un año después vine a Buenos Aires, la meca, a vivir y respirar tango. Reservé el vuelo, encontré hospedaje y me aventuré a ir a Sudamérica por primera vez en mi vida. ¡Fueron los tres meses más felices de mi vida! Estaba asombrada del nivel de baile y enseñanza en Buenos Aires. Me enamoré de Argentina, de su gente y su cultura. Me sentí  increíblemente afortunada y privilegiada de estar bailando y aprendiendo. Fue el primero de incontables viajes que haría los próximos diez años.

 

 

 

Cuando volví a Londres tras mi primera visita a Buenos Aires y con mi batería de tango cargada, quería sumergirme más profundamente en el mundo del baile, ya que me sentía imparable. Pero tres meses después de mi regreso perdí a alguien muy querido para mí de manera inesperada. Dos semanas después de su fallecimiento, caí de la escalera de mi casa y me rompí la pierna derecha. Todo mi mundo colapsó.

 

Fue una larga y dolorosa recuperación. Diez meses de dedicarme enteramente a escuchar tango y mirar videos en Youtube con el objetivo de sobrevivir, sin hablar de las interminables lágrimas y depresión. Pero sobreviví sin bailar. El buen y viejo Nietzsche está en lo cierto: Lo que no nos mata nos hace más fuertes.

 

En el momento en el que el doctor me dio luz verde y me dijo que la fractura estaba sanada tomé el próximo vuelo hacia Buenos Aires. Quería recuperar todo lo que había perdido. Pero yo no era ya la misma persona. La fractura me había desequilibrado y sentía un horrible dolor al caminar y ni hablar al bailar. Todo mi lado derecho del cuerpo colapsó debido a la pierna fracturada. Y me causaba una gran frustración.

 

Sin embargo, tomé clases y practiqué yoga y pilates con la esperanza de fortalecer mi cuerpo lo más pronto posible, para bailar como nunca antes. Yo era como un caballo galopando finalmente libre, luego de haber estado encerrado por demasiado tiempo. Excepto que no sabía cómo correr libre. Mi nueva manera de caminar para evitar el dolor me había torcido mi pie derecho hacia afuera. Y los dolores constantes en la pierna y el pie hacían de cada paso una agonía. Nadie me dijo que aunque mi fractura estaba curada, necesitaría más recuperación. Yo estaba tomando clases y bailando como si no tuviese nada en absoluto. Tristemente la ignorancia tuvo consecuencias. Mi cuerpo no podía hacer nada más. Sufrí un severo dolor de espalda por debajo de los omoplatos. Durante meses estuve llorando y diciendo no, no, no, no, no. Hasta que finalmente tuve que parar.

 

La formación fue duro, tanto desde el punto de vista emocional como físico. Tuve que dejar de hacer muchas cosas que había hecho durante años  por costumbre. La idea del trabajo de Alexander es cuestionar nuestros hábitos nos benefician o son simplemente hábitos muchas veces dañinos pero que repetimos porque tampoco conocemos otra manera mejor de hacer las cosas. Fue un desafío en muchos niveles. Para mí en particular fue una curva de aprendizaje emocional.

 

Mientras estudiaba, me aventuré a bailar nuevamente. Fue una asombrosa revelación. Mi cuerpo se sentía más fresco, más liviano y a la vez mucho más firme. Mi sensibilidad recién afinada no solo permitió una inmediata conexión con mi compañero de baile sino que también me permitió percibir cualquier tensión en las manos, hombros, caderas e incluso en la respiración. Y yo era capaz de soltar la tensión tan pronto como la sentía. Mi espalda estaba mucho más fuerte, mis piernas se movían libremente y mi cuerpo se sentía aceitado.

 

La sensación de libertad y comodidad que sentía mientras me movía era ¡pura felicidad!

Las emociones fluían con la música desde lo más profundo. En el ojo de mi mente me veía a mí misma como la hermosa bailarina que había estado deseando ser desde hacía mucho tiempo.

 

Compañeros de baile y profesores me complementaban. Algunos me preguntaban con quién había estado tomando lecciones últimamente. Yo les dije la verdad: No tomé lecciones de tango por un buen par de años, pero sí muchas lecciones con mis profesores de Técnica Alexander. El resto es historia.

 

Estudié la Técnica Alexander con la esperanza de eliminar mi dolor de espalda. El resultado es que estoy completamente libre de dolores e  inmersa en el mundo del baile en Buenos Aires, la meca del Tango. El bonus. ¡Y qué bonus! es que soy mucho más feliz. Una persona más equilibrada que disfruta de la vida cambiando sus decisiones y embarcándose en nuevas aventuras. Fue una transformación personal. Fue el mejor regalo que podría haberme dado a mí misma.

 

Y ese es el regalo que ahora quiero compartir con ustedes.